lunes, 15 de enero de 2018

Trabajos premiados en el Concurso de relatos de terror


El pasado 20 de octubre el departamento de Castellano convocó, con la finalidad de fomentar la creación literaria entre el alumnado del IES L'Eliana, un Concurso de relatos de terror con motivo del Día de Difuntos o Día de los Muertos. El 17 de noviembre se produjo el fallo, y los trabajos premiados se publican a continuación.



El armario

Elia Ramí, 4º de ESO


   Mis manos empiezan a temblar. Siento miles de miradas encima de mí, miradas que, sin disimulo, me critican, al igual que los mil murmullos a mi alrededor que repiten esas palabras una y otra vez. Una y otra vez… Miro en torno una vez más. Hay siete camas, y de seis de estas aparece un rastro de sangre que acaba en un mismo sitio. El armario. 
 
   Han buscado a mis compañeras de cuarto por todas partes, pero no ha habido rastro de ellas; han intentado hablar conmigo, tampoco han encontrado lo que querían. Mi cuerpo está totalmente paralizado y lo único que consigo decir es “se lo advertí”. Ninguna otra acción aparte del temblor de mis manos sangrientas y repetir esas tres palabras. Quiero romper a llorar, quiero gritarles que yo no fui, sino que aquella extraña voz… 
 
   Un policía se dirige hacia mí, preguntándome lo mismo que los otros dos, sin tener ninguno de ellos un resultado. Lo único que consigo hacer es dar un par de pasos y sentarme en mi cama; al hacerlo vuelvo a sentir esa sensación. Va a volver, va a volver, va a volver… Son las tres palabras que repito continuamente. Mi cabeza va a estallar, necesito poder controlarme, moverme, hablar, no puedo dejar que vuelva a pasar de nuevo. 
 
   Ellas. Ellas eran quienes se reían y se burlaban de mí, por eso ahora todos creen que soy yo la culpable. Las palabras de antes eran verdad, les advertí de que venía, ellas solo se rieron, supongo que por eso sigo viva. También supongo que por eso no me arrepiento de haberme quedado quieta mientras arrastraba a cada una de ellas hacia ahí, con destino a ese espantoso armario antiguo. Se lo merecían, por todo lo que me han hecho. Aunque aún hay cosas que me asustan, que me tienen muerta de miedo… Me aterroriza no recordar cómo acabé con las manos llenas de sangre; ni cuándo llegó la policía; ni siquiera recuerdo quién la llamó. O esa voz escalofriante que provenía del mismo lugar donde desaparecieron mis compañeras, esa voz rota y profunda que solo logré escuchar yo, que, con solo un susurro, me hizo echar a temblar, pero a la vez era tan relajante; esa es la razón por la que no podía moverme. Todo mi cuerpo quedó dormido por esa voz...
   Los tres policías me preguntan una y otra vez quién fue, pero solo logro decir que va a volver; lo digo sin ninguna expresión en mi rostro. Cada vez me siento más saturada, mi cabeza está más y más confundida. Los policías no han hecho nada malo, no puedo dejar que acaben como mis compañeras; ellos intentan ayudarme… Vuelvo a sentir un escalofrío que recorre todo mi cuerpo, eso hace que deje de hablar y, actuando solo, mi cuerpo se levanta. Empiezo a andar dando cortos pasos, e intento pararme, gritar, avisarles, dar una mínima señal, pero mi cuerpo no responde. 
 
   Todos me miran justo cuando cierro la puerta de la habitación y me quedo estática, delante de ella. Nadie podrá abrirla, nadie podrá salir de aquí. Los policías entran en pánico e intentan apartarme como pueden, pero no lo consiguen… Este ya no es mi cuerpo, solo soy una observadora, y el nuevo inquilino no se va a mover por nada del mundo. Hagan lo que hagan, usa mi cuerpo para que él no salga herido, por eso sé que no va a dejar salir a nadie. Dejo de poner resistencia contra él, he estado igual de muerta que mis compañeras desde el principio, yo solo era un peón: vulnerable y fácil de manejar. Pero no he sido capaz de darme cuenta hasta ahora. Éste es mi final. Una gran sonrisa aparece en mi rostro, en ese preciso instante se oye el chirrido de la puerta del tenebroso armario. Ya está aquí.




El retrovisor


Alba Tamarit, 1º de Bachillerato
 
Despertó de un sobresalto y tiró el despertador al suelo. Ya era 24 de diciembre y habían de marchar hacia el pueblo de sus padres. Pedro solo deseaba que el viaje fuera lo más breve y llevadero posible. Sabía que las Navidades no iban a ser lo mismo ahora que no las pasaba con su esposa, tras su separación. Pedro mandó a hacer las maletas a su hija Aina, a la que tampoco le hacía especial ilusión pasar las navidades en Zaragoza y alejada de su madre. Ambos estaban de acuerdo en que no iban a ser las mejores vacaciones, pero disimularían frente a su familia. 
 


Tenían por delante unas cuantas horas de viaje en coche. Por la tarde salieron de Madrid y emprendieron el recorrido. El día había quedado bastante nublado, parecía hacer juego con su humor. Durante el trayecto no intercambiaron más de tres frases, ya que Aina prefirió dormir un poco. A mitad de camino Pedro decidió parar un momento para ir al baño. Vio una buena oportunidad en un pequeño bar de carretera que parecía solitario. Su hija seguía durmiendo y prefirió no despertarla ya que iba a tardar poco. Entró al bar y pidió un café para consumir algo. Mientras se lo preparaban, fue al servicio y, antes de entrar, se le cruzó una niña corriendo. Pedro paró en seco y sin dejarle tiempo a decir nada, la niña se le quedó mirando fijamente y le dijo:


-Cuando sigas el viaje, no mires hacia atrás por nada del mundo. 
 


Seguidamente sonrió y Pedro, un poco confundido, le devolvió la sonrisa y no quiso darle importancia pensando que eran cosas de niños. Cuando quiso darse cuenta, la niña ya no estaba y Pedro se dirigió al camarero y le preguntó por ella. Entonces el camarero le contestó:


-Disculpe, se habrá confundido. Aquí no hay ninguna niña. Usted es el primer cliente que hemos tenido esta tarde. 
 


Acto seguido, Pedro levantó la vista y, efectivamente, no había nadie más en el pequeño bar. No le dio más vueltas al asunto y se fue hacia el coche para retomar el camino. Aina siguió durmiendo, pero su padre se había quedado con un mal sabor de boca. Cuando estaban cerca de su destino, cruzaron por una carretera en bastante mal estado y deshabitada. Entonces Pedro empezó a escuchar unas voces extrañas, como un balbuceo difícil de descifrar. Miró por el retrovisor y divisó una figura detrás del coche. Parecía un hombre de mediana edad que lo miraba fijamente. Pedro se sobresaltó y pisó con todas sus fuerzas el acelerador. Unos 100 metros más hacia delante, pudo ver que la figura ya no estaba. Se intentó tranquilizar y puso la radio. 
 


Por fin llegaron a su destino, pero Pedro seguía intranquilo y no encontraba razón. 
 


Se instalaron en la habitación de un viejo hostal del centro de Zaragoza por temas de espacio, ya que la casa de los padres de Pedro era muy pequeña y ya habitaba bastante gente en ella. Padre e hija se arreglaron y fueron a cenar con la familia. El encuentro fue más agradable y ameno de lo que esperaban. Se pusieron al día de todo este tiempo en el que no se habían visto, cantaron villancicos y comieron turrones y polvorones hasta hartarse. Fue una cena navideña como cualquier otra, pensó Aina, aun echando de menos a su madre. Al acabar, regresaron al hostal y fueron a dormir como normalmente. 
 


Amaneció y Pedro se despertó antes que su hija. Volvió a empaquetar lo poco que había traído en las maletas y se fue a dar un pequeño paseo para tomar el aire mientras Aina dormía. Cuando estaba bajando por las estrechas escaleras del hostal se quedó admirando los cuadros que había ornamentando la pared. Pero su mirada se centró en uno en particular, una noticia de hacía unos 10 años, enmarcada. Describía un accidente que hubo por la zona con dos fatales muertes, pero no se podía leer con claridad. Pedro se quedó atónito cuando vio la foto que acompañaba la noticia, también vieja y emborronada. Era él. Aquella figura que vio en la carretera. Pensó estar volviéndose loco y entonces leyó una palabra en medio del ininteligible texto: “Cruce del molino”. Aquello no podía ser. Era ese mismo sitio donde había visto a aquel extraño hombre. Debía de estar autosugestionándose. Estaba pasando una mala temporada, pero nunca había llegado a ese extremo. Entonces fue rápidamente afuera del hostal e intentó calmarse. Dos manzanas después, encontró una pequeña cafetería con buen aspecto para desayunar antes de emprender el viaje de vuelta.

Se hizo medio día cuando padre e hija montaron en el coche y arrancaron hacia Madrid. Aunque a Pedro no le daba muy buena sensación, tomó el mismo camino que habían hecho en la ida, ya que era el más corto. Condujo tranquilamente, con música de fondo, mientras Aina, que esta vez no se había dormido, tarareaba todas las canciones. Pasó una hora cuando se acercaron a la zona en la que Pedro había tenido aquella extraña visión el día anterior. Empezó a estremecerse. ¿Cómo podía tener miedo a algo que no existía? No alcanzaron a pasar unos minutos cuando dirigió la vista hacia el retrovisor. Y, efectivamente, allí estaba. Se volvían a confirmar sus visiones. Un hombre alto y con rasgos que difícilmente se podían distinguir. Pedro aceleró con todas sus fuerzas. Las mismas voces le atormentaban la cabeza. Estaba aterrorizado. Pero esta vez la figura no se desvaneció. Le perseguía. No se despegaba de su lado. Le empezaron a venir imágenes de todo su viaje. Entonces volvió la cabeza para mirar detrás del coche y, sin apenas verlo venir ni tener tiempo de reaccionar, se despeñó por un terraplén.


Abrió los ojos y empezó a ver imágenes distorsionadas y poco claras. Una enfermera intentando hablarle. Unas luces y sonido de ambulancia. Un cartel del “cruce del molino”. Intentó levantar la cabeza y pudo ver a Aina tumbada en una camilla e inconsciente. Intentó gesticular, pero no le salían las palabras. La enfermera seguía tratando de hacerle hablar. Y, de repente, pudo ver otras dos figuras. El hombre agarrado de la mano de una niña. Aquella misma que había visto en el bar de carretera. Estaban quietos. Le miraban fijamente a los ojos. Pedro sintió una sensación que jamás había experimentado. Vacío. La nada. Se giró a ver a Aina, que seguía inconsciente. Cerró los ojos, dejó caer una lágrima y jamás volvieron a despertar. 
 

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