martes, 20 de junio de 2017

Trabajos premiados en el XIV Concurso literario Día del Libro

El pasado 13 de junio tuvo lugar en la Sala de Usos múltiples del instituto el acto de entrega de los galardones de la XIV edición del Concurso literario Día del Libro. Con la presencia de la Vicedirectora, Amparo Collado, de los jefes de los departamentos de Plástica, Valenciano y Castellano, y de un nutrido grupo de alumnos, se procedió a la entrega de los premios en las distintas categorías: microrrelato, narrativa y poesía.

En Castellano los ganadores han sido:

Microrrelato:

Primer premio: El cobertizo, de Aya Bensaid, 4º ESO.
Accésit: El enfado de Lucas, de Pau Martínez, 1º Bach.

Narrativa:

Primer premio: La nave espacial, de Félix Moreno, 1º Bach.
Accésit: La cima, de Álvaro Blázquez, 1º Bach.

La modalidad de poesía ha quedado desierta.


A continuación presentamos los trabajos premiados.



El cobertizo


Cuando me mudé a casa de Tita Carol, me dijo que mami se fue al cielo y que por eso me fui a vivir con ella. Tita Carol siempre me decía que no vaya al cobertizo de atrás de casa, pero un día escuché a un pequeño gatito dentro de él y tuve que entrar. Abrí la puerta y Tita Carol me gritó y yo me puse muy triste. Ella se sintió mal por gritarme, entonces me dio una piruleta. Yo estaba mejor con eso, así que no le pregunté que hacía mami allí y por qué no tenía ojos ni brazos.


                                                                                                                       Aya Bensaid



El enfado de Lucas

Me llamo Lucas y el día catorce cumplo diez años. Mi vida era sencilla, aunque me quejara, hasta hace un mes, cuando todo cambió.
Una noche mi madre me despertó y me dijo:
-Lucas, no te preocupes pero Papá se encuentra mal y nos vamos al hospital. Duérmete y a las ocho te despierto.
Pero a las ocho de la mañana no habían vuelto; mi madre me llamó al móvil y me dijo:
-A Papá le han ingresado, prepárate el bocata y vete al cole. Luego te digo.
Y así empezó un “desfile” de dormir en casa de familiares los fines de semana y de amigos de mis padres que venían a dormir entre semana. Al principio era divertido, me traían cena de MacDonalds y napolitanas para almorzar, pero, poco a poco, se fue haciendo pesado y largo; echaba de menos los zumos de mi madre y nadie me ayudaba con las matemáticas...
Y por fin, ayer, volvieron. Mi padre me saludaba desde su silla de ruedas con la única mano que podía mover y me sonreía con sus ojos llorosos sin decir ni una palabra…
Y mi madre me dijo:
-Lucas, ayúdame a meter a Papá en la cama…
Y yo me fui a mi cuarto, muy enfadado, y con ganas de meter la cabeza bajo la almohada…


                                                                                                 Pau Martínez



La nave espacial


Hola. ¿Quieres venir a mi casa esta tarde a ver mi nave espacial?
La pregunta me pilló totalmente desprevenido. Él, el que me había preguntado, era un chico de mi clase, retraído, que no solía hablar con nadie. Yo, que tampoco suelo hablar mucho, apenas había hablado con él, excepto en las contadas ocasiones en las que la convivencia escolar requiere interactuar. Se había acercado hacia mí en un momento en el que no había nadie cerca y me había formulado esa curiosa pregunta. Mientras trataba de reaccionar ante tal acto, otras preguntas venían a mi cabeza: ¿Para qué querría que fuera a su casa si apenas le conozco? ¿Qué es esa nave espacial que quiere enseñarme? Supongo que será una maqueta que ha construido, o algo parecido. O un juguete. ¿Pero no es demasiado mayor como para ir jugando con naves espaciales? ¿Y por qué pensaba que a mí me podía interesar su nave espacial? Me estaba poniendo nervioso, tenía que responderle algo.
No tienes por qué venir si no quieres. Sé que es raro.
Me alivió saber que él era consciente de que lo que me estaba proponiendo no era algo normal. Sí, desde luego esta era una situación rara, incómoda, de ese tipo que los ingleses llamarían awkward. Empecé a pensar que su actitud era propia de un niño pequeño. Para los niños es habitual preguntar a los compañeros de la escuela si quieren venir a casa a jugar con ellos; una vez se llega a la adolescencia, ese tipo de peticiones desaparece, pues se obtiene una conciencia de uno mismo que hace que se interaccione socialmente de una forma más prudente. ¿Tal vez el chico sufría alguna condición que hacía que su forma de interacción social fuera como la de un niño? Debía responderle algo rápidamente, me estaba sintiendo muy incómodo. “No, no quiero, no me interesan tus cosas. Por cierto, probablemente eres autista o algo”. No, no podía ser tan cruel. Pero tenía que decir algo, estaba sufriendo una enorme presión.
En ese momento, por mi cabeza pasó el pensamiento de que esta tarde no tenía nada que hacer. Víctima del nerviosismo, antes de que pudiera contenerme salió por mi boca una palabra:
Vale.
Genial. ¿Sabes dónde vivo?
Al instante me arrepentí de haber dicho eso, pero fue demasiado tarde: ya me había comprometido a ir a la casa de aquel extraño niño. Rápidamente me explicó dónde vivía: me sorprendió que viviera bastante cerca de mi casa. Quedamos en que iría a una hora determinada y nos despedimos. El chico se alejó rápidamente.

Mientras iba a su casa andando, me asaltaron ciertas inquietudes. ¿Por qué había aceptado hacer eso? ¿Qué es lo que guardaba ese niño en su casa? Intenté tranquilizarme pensando que lo más probable es que solo acabara perdiendo un poco el tiempo con un niño raro que me quería enseñar su “nave espacial”, fuera lo que fuera eso. En ese momento me di cuenta de que estaba pensando todo el tiempo en el chico como si fuera un niño: no lo era, ya tenía diecisiete años. Sin embargo, me era imposible dejar de pensar en él como un niño después de que me hiciera una proposición tan pueril. Pensé que yo tampoco era un niño y sin embargo había sido presa de mis inseguridades y por eso ahora me veía obligado a acudir a la cita. Quise reflexionar sobre esta cuestión más tiempo, pero ya llegaba un poco tarde a su casa y no quería quedarme parado pensando en eso.
Llamé a la puerta de su casa y me abrió.
Hola, te estaba esperando. Ven, la nave espacial está en mi jardín.
Le acompañé al jardín que se encontraba por detrás de su casa. Una vez llegué, me quedé estupefacto: en medio del jardín, entre los varios árboles que había, se alzaba un enorme transbordador espacial, sujeto a una lanzadera como las que había visto en imágenes de cohetes de la NASA. Me sorprendió no haberlo visto antes, pues su altura era tal que parecía que se tendría que ver incluso a kilómetros de distancia.
Qué, ¿te gusta? —me preguntó.
Eh… Sí —respondí, perplejo—. ¿Esto… lo has construido tú?
¡Claro que no! —rió—. Lo compré por internet. ¿Quieres subir? Podríamos dar un paseo por el espacio exterior.
El chico me invitó a ponerme un traje de astronauta y a entrar en la nave. Yo me hallaba atónito: no podía creer lo que veían mis ojos. No podía ser que ese niño tuviera en su casa una nave espacial lista para despegar.
Tres… Dos… Uno… ¡Despegue!
Ante mi inmensa sorpresa vi por la ventanilla que sucedía lo que había creído imposible: el transbordador despegaba y se alejaba de la Tierra a una velocidad sorprendente, mientras el chico lo pilotaba con toda tranquilidad. Mi estupefacción fue interrumpida por una súbita alarma que empezó a sonar.
Oh, no. Creo que tenemos una fuga de combustible —dijo el chico—. Esto es lo que pasa con las naves espaciales made in China. Voy a investigar.
Poco después retornó con una cara triste.
Me temo lo peor —dijo—. Creo que hemos perdido demasiado combustible y… ya no podremos volver a la Tierra.
Empecé a sentir una terrible ansiedad. ¿Significaba eso que nos íbamos a quedar vagando por el espacio durante el resto de nuestra existencia? Cuando la ansiedad comenzaba a dominarme, tuve un pensamiento que la eliminó completamente: ¿y si todo era un sueño? Efectivamente, la aventura tenía el aspecto de un sueño que se estaba tornando en pesadilla. Todo lo que había ocurrido encajaba perfectamente dentro del marco onírico: la extraña e inesperada pregunta que lo había desencadenado todo, mi incapacidad de responder a esa pregunta lo que hubiera sido normal decir, el hecho de que no viera el transbordador desde fuera de la casa aunque fuera enorme… Empecé a reír. Sí, estaba en un sueño, pero ahora que era consciente de ello sería capaz de redirigirlo hacia donde quisiera.
¿De qué te ríes?
De que todo esto es un sueño, amigo —le contesté, eufórico—. Y si estamos en un sueño, ¿por qué no reír?
Yo no estaría tan seguro de ello —respondió pesaroso—. En los sueños uno no es consciente de que está soñando.
Lo pensé detenidamente. Era verdad: siempre que en un sueño me daba cuenta de estar soñando, me despertaba inmediatamente. ¿Por qué no me había despertado ya? Pensé intensamente en despertarme, pero no obtuve nada. No podía pellizcarme porque llevaba el traje de astronauta encima, pero sabía que era inútil: el condenado niño tenía razón. Mis risas pronto se transformaron en lágrimas, al contemplar la realidad que me esperaba: iba a morir en el espacio exterior, alejado de todos mis seres queridos, a una edad joven, cuando aún me quedaba toda la vida por vivir.
Puedes quitarte el traje de astronauta, si así te sientes más cómodo —dijo, quitándose el suyo.
Yo estaba completamente desesperado. Estaba ante el final de mi vida. No sabía cuánto tiempo más podría sobrevivir en la nave, pero cada momento que permaneciera en ella me recordaría el terrible destino que me aguardaba.
Puede que te estés preguntando por qué te invité a venir a ti a este viaje. La verdad es que todo esto de la nave espacial solo era un pretexto para conocerte mejor… aunque al final haya acabado de esta manera. Siempre he querido conocerte. Te veo en clase y noto que hay algo diferente en ti… y eso hace que me intereses. ¿Sabes qué es lo que quiero decir?
No. ¿Qué?
Que te quiero.
Esa respuesta, en circunstancias normales, tal vez me hubiera causado enfado. Tal vez me hubiera amargado la triste ironía de que el culpable de mi muerte me declarara el amor una vez ya estaba sentenciado. Tal vez hubiera enloquecido. Pero no hice nada de eso. Simplemente, me quité el traje de astronauta y me abracé a él, besándole apasionadamente.
Permanecimos unidos, en un núcleo de amor, mientras la nave iba a la deriva. Por la ventanilla veía, de reojo, los planetas pasar. Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno… pronto abandonamos el sistema solar y nos adentramos en otros sistemas y otras galaxias. No recuerdo el momento en el que nuestros corazones dejaron de latir, o en el que los sistemas de presurización acabaron fallando, deshidratando nuestros cuerpos y rompiéndolos en varios pedazos; nuestras almas continuaron viajando a través del universo, unidas por siempre por los vínculos del amor.

                                                                                                  Félix Moreno

La cima

Jack llevaba ya tres meses por aquellas tierras heladas del norte, fijándose y tomando mediciones de cada minúsculo detalle que podía encontrar en el suelo que pisaba, con el objetivo de elaborar un mapa preciso que pudiera satisfacer el encargo que le habían hecho. Era un trabajo monótono, pero Jack lo consideraba el mejor trabajo que podía haberle tocado hacer, ya que así tenía la oportunidad de viajar por zonas remotas del planeta, no sólo conociendo y dibujando su geografía, sino también sus culturas y habitantes así como viviendo fascinantes aventuras.

De todos los lugares en los que había estado, la zona nórdica era la que más le gustaba, con su gente y ambientes tranquilos, a diferencia del calor, alboroto y peligros que podía encontrar en aquella gran África que tanto estaba costando cartografiar a los exploradores de todo el mundo.

Acababa de llegar a un pequeño pueblo en las montañas y a medida que bajaba del carro que le había llevado hasta allí, pudo ver un pequeño pueblecito en las faldas de una cordillera que se elevaba por encima de las nubes. Aquello le sorprendió, ya que él no había visto nunca semejante fenómeno, y sin esperar un momento, le preguntó al cochero qué montañas eran aquellas, pero este no le supo contestar y simplemente le dijo que en el pueblo le podrían decir algo más, de forma Jack se despidió de su cochero y comenzó a subir en dirección hacia el pueblo. Una vez llegó allí decidió que lo mejor sería ir a la taberna, donde podría tomar algo para recuperarse del viaje y preguntar acerca de aquellas increíbles montañas, de modo que entró y una vez dentro pudo ver a unos ancianos bebiendo cerveza y conversando en la barra, que rápidamente se giraron para ver quién había entrado. Jack saludó y pidió otra cerveza para él, y una vez se la sirvieron se sentó al lado de los ancianos y después de una breve presentación les preguntó por aquellas montañas. Los ancianos lo miraron fijamente, examinando al desconocido, y uno de ellos comenzó a hablar y dijo que esas montañas eran las montañas celestes, tan altas que se elevaban por encima de las nubes, lo que hacía que fueran imposibles de escalar, por lo que todo lo que se conocía de ellas eran las historias que se contaban. Aquello le llamó la atención al explorador y se interesó por aquellas historias. Los ancianos rieron un buen rato y finalmente comenzaron a narrar la primera que recordaron:

“Hacía no mucho tiempo, un día frío de invierno, llegaron a la taberna, de la misma forma que él había llegado ese día, una mujer y un hombre. Iban bien equipados con cuerdas y mochilas y el dueño de la taberna se interesó por lo que tenían pensado hacer. La mujer le dijo, completamente convencida de lo que decía, que tenían pensado llegar a lo más alto de las montañas celestes. El tabernero no podía creer lo que oía y le preguntó si era consciente de que nadie lo había conseguido nunca. El hombre que iba con la mujer se giró y le dijo que por eso alguien tenía que hacerlo primero y así salieron de la taberna camino de aquella montaña que se elevaba por encima de las nubes. Todos quedaron atónitos esperando ver el resultado de aquella gran aventura. Lo que pasó es que unos días después de su marcha, cuando aquellos dos eran el principal motivo de conversación de todo el pueblo, comenzó a acercarse una tormenta de nieve que hizo caer grandes trozos de rocas de la montaña, y entre ellos pudieron encontrar la mochila de uno de los dos aventureros. En ese momento hubo muchas discusiones en el pueblo, entre unos que defendían que la aventura de aquellos valientes había terminado en una catástrofe, y los otros que pensaban que sí que habían conseguido llegar a la cima y que las voces que el viento transportaba algunas noches eran las suyas.”

Después de escuchar aquel relato, Jack se sintió más animado a escalar aquella montaña que decían que era imposible de escalar, no sólo con el objetivo de cartografiarla sino también de descubrir qué ocurrió realmente con la pareja, de forma que llenó su mochila de provisiones y comenzó con su camino.

La subida era compleja, incluso para alguien experimentado como Jack, pero consiguió apañarse sin demasiadas dificultades. El único problema que se encontró fue la altura, era increíblemente alta y llevaba mucho tiempo escalando. Las provisiones comenzaban a escasear y Jack se sentía cada vez más débil. Había conseguido por fin llegar a la altura de las nubes y se encontraba en una especie de niebla que no le permitía ver nada. Siguió subiendo a tientas unas horas más, y finalmente logró ver la cumbre de aquella gran montaña, una zona plana no demasiado extensa que sobresalía en la inmensidad del cielo. Apenas veinte metros le separaban de aquel lugar, de modo que siguió hacia adelante sin mirar atrás. A medida que se iba acercando, tenía cada vez más energía y fuerzas para seguir con su travesía y así consiguió finalmente llegar a la cima inescalable, el pico de la montaña celeste. Una vez allá arriba, no pudo creer lo que veían sus ojos: delante de él, en medio de aquella inmensidad que parecía aislada de todo el mundo, pudo ver una cabañita. Corrió tan rápido como pudo hacia la cabaña y encontró a un viejo hilando una cuerda con los hierbajos secos que brotaban de entre las rocas. Jack se quedó inmóvil, sorprendido de haber encontrado a alguien en aquel remoto lugar; se acercó al viejo y le saludó, mientras que este siguió hilando sin hacer caso al recién llegado. Siguió insistiendo un buen rato, y al ver la negativa del viejo decidió entrar a explorar la cabaña, pero antes de que pudiera moverse, el viejo dijo claramente: “quieto” y siguió con su labor. Jack se dispuso a descansar pensando que sería mejor entablar conversación con aquel hombre en otro momento, y despertó en medio de la noche más estrellada que había visto, con un cielo repleto de puntos brillantes que iluminaban la noche y allá, al lado de la cabaña, estaba el viejo sentado contemplando aquel espectacular paisaje cuando de repente empezó a soplar el viento imitando el sonido de una voz, aquella voz de la historia que le habían contado. Jack se acercó al viejo y pudo ver que estaba llorando, se sentó a su lado, le puso la mano en el hombro y el viejo exclamó entre sollozos: “¡tú no lo entiendes!” y siguió llorando un buen rato. Cuando ya parecía que se había calmado, Jack le preguntó si le podría explicar qué le ocurría, a ver si de ese modo lo entendía, y finalmente accedió.

El explorador pudo comprobar que aquel hombre era el mismo del que le habían hablado en la taberna por cómo explicaba su llegada allí y su complicado ascenso con las tormentas de nieve, que causaron la pérdida de gran parte de su equipaje. Le dijo que en aquella cima había conseguido alcanzar la felicidad con su amada y que decidieron quedarse allí para siempre, por lo que construyeron aquella cabaña donde vivieron felices durante años, pero un día, mientras ella recogía algunas hierbas como solía hacer, comenzó a soplar el viento con tanta fuerza que se llevó a su amada. Él, desesperado, la buscó por todas partes pero no la consiguió encontrar en ningún sitio. Una noche escuchó su voz silbando con el viento, por lo que pensó que tenía que estar en algún lugar de aquella inmensa montaña, y de esa forma decidió hacer una larga cuerda con la que se ataría a una roca y se dejaría caer en un día de fuerte viento para reunirse con su amada para siempre. Jack se emocionó con las palabras del viejo y decidió ayudarlo con su tarea. Una vez la cuerda estuvo acabada, el viejo agradeció mucho a Jack su ayuda y le preguntó qué iba a hacer. Jack le contestó que en aquel lugar había conseguido alcanzar aquella felicidad de la que el viejo le había hablado, con aquella tranquilidad y aquel paisaje que parecía sacado de un libro de ficción, de modo que se quedaría allí hasta el final de sus días. Así, el viejo y Jack estuvieron en el pico de la montaña celeste mucho tiempo, hasta que se volvió a formar aquella gran tormenta que el viejo estaba esperando desde hacía tanto tiempo, de modo que se despidió del que ya era su compañero, ató la cuerda y se dejó caer con una gran sonrisa, una sonrisa que Jack nunca había visto en él.

Pasó la tormenta, pasaron los días y las semanas y Jack no volvió a tener noticias del viejo. Estiró de la cuerda pero lo único que consiguió fue recoger el otro extremo vacío pensando que había ocurrido lo peor. Aquella noche se sentó en el lugar en el que estuvo hablando con el viejo por primera vez para contemplar aquel increíble espectáculo de luces que creaban las estrellas y en aquel momento una brisa empezó a soplar y pudo escuchar dos silbidos que se contestaban y que se movían por toda la inmensidad del cielo.


                                                                                            Álvaro Blázquez





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